El auge de las máquinas a vapor durante el siglo XIX, provocaron un explosivo aumento de la demanda por carbón mineral, para alimentar la extensa red de ferrocarriles que se expandía por el país y a las embarcaciones que llegaban y salían desde nuestros puertos o que cruzaban el Estrecho de Magallanes. En ese contexto, a mediados del siglo XIX se instalan en la región costera del golfo de Arauco renombrados empresarios mineros, quienes se encargarían de estudiar los yacimientos de la zona para su posterior explotación. Los nombres más destacados fueron los de Matías Cousiño, Jorge Rojas, Guillermo Délano y Federico Schwager, entre otros. Así, las ciudades de Lota y Coronel se erigieron como un importante polo de desarrollo industrial de todo tipo, permitiendo la acumulación de importantes fortunas y el desarrollo de relaciones laborales de tipo capitalista. Por esta razón y también por ser zona de frontera entre el valle central chileno y el territorio mapuche, estas ciudades no tardaron en convertirse en centros de atracción demográfica para la población campesina de la región y de resto de Chile. Una de las grandes consecuencias de la explotación minera, de la generación de grandes fortunas y la llegada de miles de habitantes, fue también la precariedad de las condiciones de vida de los trabajadores.

Los principales problemas fueron la falta de viviendas adecuadas, la proliferación de epidemias, enfermedades profesionales y la escasez de establecimientos educacionales. Junto con esto, el trato abusivo hacia los trabajadores por parte de sus mandos hicieron de esta zona un territorio fértil para el estallido del malestar social y de la organización de los trabajadores en torno a sindicatos, a luchas y diversas formas de vida y cultura, las que luego fueron un ejemplo para los movimientos obreros de todo el país. Todo esto fue retratado por Baldomero Lillo en su libro Sub Terra. Una de las tantas manifestaciones materiales de las desiguales condiciones de vida de los mineros y de su organización, fue la construcción del Pabellón 83 como el hogar de distintas familias mineras de Lota. Fue construido en 1915, al igual que otros 4 pabellones del mismo tipo. Originalmente albergó a 20 familias mineras, viviendo en el primer piso las de mayor clase social y en el tercero las de menores ingresos. Tenía tres habitaciones, ordenadas una sobre otra, comunicadas entre sí mediante escaleras interiores, lo que permitía una mejor conservación del calor. Hacia el exterior estaban los espacios comunitarios destinados a servicios higiénicos, lavaderos y hornos para cocer el pan. En abril de 1956 el Pabellón sufrió un incendio y quedó reducido a sólo 10 departamentos.

Posteriormente, tras decadencia de la actividad minera y el posterior cierre del principal yacimiento, las condiciones de hacinamiento dañaron severamente al inmueble. Desde mediados de la década de 1990, muchos edificios fueron reparados para seguir funcionando, sin embargo el Pabellón 83, fue rehabilitado y destinado a un centro cultural. Esta rehabilitación contempló el cambio integral de la envolvente. Se mantuvieron los ductos de las chimeneas e interiormente se reforzó la estructura. El programa interior es acorde a la nueva función del inmueble como centro cultural, además de adecuarse a las normas actuales como edificio de carácter público. Su arquitectura original fue adaptada a nuevos espacios como un auditorio, una sala de exposiciones, salas de conferencias, biblioteca y salas de computación con lo cual se modificó la configuración espacial interior e incorporó nuevas materialidades. Sin embargo, se mantuvieron los materiales nobles de la envolvente y los muros de albañilería del inmueble original. Gracias a esta intervención y a sus nuevas funciones, el Pabellón 83 hoy es un importante promotor de la conservación y difusión de la historia de Lota asociada a la explotación del carbón.

Fuente: Página web del Consejo de Monumentos Nacionales.